Si no elegimos donde nacemos hay que tener cuidado si pensamos ser mejor que otra persona, podemos estar equivocados.
Pablo Lecroisey

 

Pablo Lecroisey, la recreación del espíritu.

Quien esté en el papel no seré yo
sino mi fingimiento y tu versión de los hechos
Fotografía, José Luis Piquero

El trabajo fotográfico de Pablo Lecroisey es el resultado de la indagación sobre los sentimientos y obsesiones que a lo largo de su trayectoria han configurado un mundo singular dentro de la lingüística personal del fotógrafo. Su trabajo se traduce en  un conjunto de composiciones con un marcado sentido fantástico y surreal que podríamos clasificar de Ars Combinatoria, es decir, una manera de representar la realidad como una ósmosis compleja y plural de personajes y escenografías prodigiosas en su entidad y su argumento. De este modo, nos presenta un catálogo de convergencias inverosímiles, entendiendo este calificativo como asombroso, pero con suficientes indicaciones como para ser interpretadas y poder deducir así,  su intencionalidad inicial.

Lecroisey  es un fotógrafo de múltiples recursos narrativos cuya estética contiene referencias constantes a los maestros barrocos y a los rafaelistas. Destaca por su uso de la luz y el conocimiento de los valores cromáticos de los ropajes y los escenarios, la comprensión del espacio y los valores luminosos cambiantes, – especialmente en los momentos de mayor intensidad lumínica, sobre todo en la aparición de las sombras-, y la captación del movimiento a través de la visión del conjunto de las escenas y las figuras. Así pues, Lecroisey transporta la luz y conduce el ojo del espectador mediante el hábil uso del objetivo a través de la potencia de las composiciones, aplicada con seguridad y amenizadas entre sí, las figuras actúan como elemento aglutinador en un hábil manejo de estilos, métodos y medios.

Sus fotografías incluyen retratos de personajes que interaccionan, bien entre ellos, bien con su entorno, en un excesivo teatro repleto de energía. Pablo Lecroisey aborda pequeñas historias, cuentos contemporáneos, moralejas fabuladas en cada una de sus composiciones; El día de mañana nos invita a explorar la belleza de lo inesperado a través de la danza, la serie La Casa Grande de Fuencarral, nos relata a través de una fantasmagórica presencia el encanto de la ruina, en la desgarradora Los Gritos del Prado, transmite la angustia redimida por la acción, en Nacho ha muerto habla sobre la soledad y el caos del artista, Nunca es tarde reflexiona sobre las edades del hombre y la eternidad etc… Todas sus obras recuerdan fotogramas en los que se despliega un argumento múltiple sin una estructura lineal. Estas secuencias fotográficas, simulan una línea argumental, una historia o una suerte de cuento, y si bien pueden desencadenar una serie de acciones en la mente del espectador, la narrativa es demasiado fragmentaria para que de ello salga una imagen global. Su apuesta por las escenografías en lugares insospechados (como el Centro Cultural La Tabacalera, el Museo Thyssen o el histórico Restaurante Lhardy de Madrid) aportan a estos espacios una resignificación al mismo tiempo que su imaginería narrativa satisface el deseo colectivo de crear historias. El artista oscila entre pasado, presente y futuro, sueño y realidad, tradición y modernidad, ficción y verdad, abordando así los sentimientos más hondos del alma humana.

Lo concreto se convierte en la interioridad del fotógrafo, el ansia narrativa y la fabulación juegan con el yo trascendental para unir los conceptos que Lecroisey genera así, en su eterna lucha hacia delante.

Elvia Rilova
Historiadora del arte

 

Nunca es tarde, para la libertad

Hay quién me dijo una vez, que la felicidad es directamente proporcional a la  ignorancia.  En términos de alegría diaria, sería capaz de corroborarlo. Entonces me quedé un rato; y luego varios días, cavilando sobre ello. Reconozco que aún hoy, hay momentos que resulta  tentador. No obstante, a mi me tocó portar mi  mochila  con sus asas  amarradas  a mi torso. Valeriu Butulescu , escritor y político rumano, aseguró que  la ignorancia es la carga más pesada. Pero quién lo lleva no lo siente. Quizás la clave sea esa, el propio  sentimiento.  Cuando conocí a  Pablo Lecroisey, descubrí una sinergía  entre las cuerdas de nuestras respectivas mochilas. Había algo muy grande que se antojaba a través de unos ojos caídos y ciertamente, algo pequeños. La distancia que comunicaba sus pupilas con las mías era la misma que la distancia entre la obra y su creador. Alberto Giacometti (1901 – 1966) creo, me hubiese dado la razón:  Mis pinturas son  copias no logradas de la realidad. Cada vez que trabajo recuerdo que la  distancia  entre lo que hago y esa cabeza que quiero representar, es siempre lo mismo  (Entrevista a Alberto Giacometti:  El arte en la  sociedad de hoy)

Nuestras respectivas asas se declaraban delante; el peso, se desnudaba detrás. Tenía lugar la reciprocidad entre lo que se manifestaba (el yo consciente) y lo que se descubría (gracias al otro): La espalda del hombre, su condición como héroe. El juego del Arte: Lo que hago y lo que quiero representar y entre medias, el difuso terreno del azar (la distancia).

Descubrir la obra de Pablo Lecroisey comunica en primera instancia, con la sociedad más esencialmente percibida hoy en día. Nuestra ubicación occidental, hace insospechable la existencia desprovista de estereotipos visuales y por tanto, insertados en nuestro conocimiento inconsciente. Acostumbrado a ser ubicado en un contexto editorial de moda; Pablo Lecroisey mira al emisor y no contesta a no ser que (en raras ocasiones ocurre) la duda sea preguntada.

Lo que entendemos por fotografía de moda, sin saber, con la mirada condicionada a lo impuesto por las reglas socioculturales del momento: Un trabajo tecnicamente impecable con respecto al retoque fotográfico, el tratamiento del cuerpo y su propio movimiento con minuciosa precisión, el tejido como piel, la estética armónica de aquellos modelos dispuestos con absoluta coherencia y previa realización. No es para menos, Pablo Lecroisey, en términos formales es así cómo trabaja. Mas no es así cómo tiene lugar su proceso creativo. Aquel que aboca a su metodología artesanal al terreno de lo artístico.

Durante su “estancia” en la prisión de la Bastilla, en 1785, el Marqués de Sade (1740 – 1814) comenzó a escribir una de sus más afamadas y polémicas obras: “Los 120 días de Sodoma y Gomorra” Un inventario de goces y pasiones referentes al hombre en su naturaleza más primitiva. Por aquel entonces, las investigaciones en torno a la naturaleza, la cosmología y el mundo en general, se sucedían: Enciclopedias, diccionarios de ideas, lenguas, artes y técnicas. Los pensadores del siglo XVIII anhelaban descubrir y enseñar nuevas vías de conocimiento. Tránsitos que permitiesen al hombre, traspasar la frontera de lo material hacia lo invisible subyacente: Recorrer la distancia colindante entre ambos. Curioso es por tanto, que el Marqués de Sade resultase encarcelado en vistas a este propósito que ocupó su vida y su trabajo. Más aún cuando su proceso de realización congeniaba la razón de lo existente en la naturaleza junto al conocimiento de lo que la razón abarca. Fuera de los límites tangibles, la distancia entre lo que hago y esa cabeza que quiero representar (IBID, Alberto Giacometti) El sexo, incluso razonado y naturalmente dispuesto en cada ser vivo, impregnó de duda y malestar a su entorno. Tan sólo quería mostrar algo tan simple como la desnudez de la naturaleza primigenia, el motor de la existencia. Con precisión y minuciosidad, traspasó los límites del lenguaje y rezagó en la geografía de la misma voz. Lo que ella propiamente, es capaz de decir acerca de lo que el cuerpo hace. De su investigación y particularmente, de la mencionada obra se extrae la siguiente cita: El libertinaje supone principios firmes.

Es por eso que cuando Pablo Lecroisey me explicó su espiritualidad, su manera de vivir, que entendí que su trabajo iba más allá de lo visual. En términos energéticos (su manera de expresarse) era más cercana a lo natural que al artificio: Mis imágenes pertenecen a momentos, vivencias y sensaciones, con personas diferentes en sitios diferentes, el único nexo de unión soy yo y mi forma de hacer las cosas (Pablo Lecroisey. Se abre el telón, Revista Esquire) Curioso por la majestuosidad de la escenografía, vestuario, personajes y entorno escogido en sus fotografías. Muchos lo comparan con la obra de David Lachapelle, afamado fotógrafo dada su repercusión en la industria de la moda. Puede ser que pocos sepan lo que el renombrado artista afirma y estipula mediante hechos (desde el año 2010 recorrió el planeta hasta finalmente, en la actualidad, residir en una granja hawaina): Debemos hablar del mundo. Ser pop. Pop como en voz pópuli, la voz del pueblo y para el pueblo (…) Nunca estuve en el mundo de la moda, siempre estuve en el exterior ( David Lachapelle y el mito pop inmoral, El País ) Muchos críticos de arte coinciden en que su obra ahora, está cargada de una profundidad adicional a su trabajo con el que adquirió reconocimiento. Supongo que pocos escucharon hablar a este hombre acerca de sus principios. Y aunque sea posible que tanto su trabajo como él mismo haya evolucionado; considero que siempre hay algo inherente a la naturaleza del hombre que tarde o temprano, queda evidenciado. Cuando uno decide salirse del lienzo, “traspasar la frontera de lo material hacia lo invisible subyacente”. Al fin y al cabo,nunca es tarde; siempre hay tiempo, hay tiempo… (Manuel Álvarez Bravo a su alumna Graciela Iturbide):

El rasgo característico del pensamiento salvaje es su intemporalidad (…) el conocimiento que depara es similar al que ofrecen, de una habitación, espejos colocados en muros opuestos que se reflejan el uno al otro (…) pero sin ser rigurosamente paralelos ( Smithson, Robert. Viaje al Yucatán. Mex. 2009).

Me contó, Pablo, que en una de sus últimas muestras de su portfolio a una comisaria británica; esta última, desatendió la conversación. Rechazó cualquier explicación extra tras ver la fotografía del artista titulada Extinción y su correspondiente previa introducción descriptiva de la misma: La obra muestra a una anciana ensangrentada sobre el suelo. Rodeada de mujeres generacionalmente diferentes. Le comentó Pablo que quiso exponer cómo la evolución del hombre hace a veces, perder sus costumbres y conocimientos arraigados a través de la cultura. Enseñanzas positivas y necesarias para el buen funcionamiento y existencia del ser humano como tal. En este caso, quiso hacer hincapié en el culto a la gastronomía. El acelerado ritmo de la sociedad occidental parecía estar haciéndonos perder la conciencia sobre el alimento como eje motriz en nuestro desarrollo. Escogió a la mujer como modelo dispuesto. Por el simple hecho de que ésta misma (por cuestiones socioculturales que se remontan al estudio de la historia más primitiva) ha sido representante del traspaso de esta sabiduría a las nuevas generaciones. Afortunadamente, así le ha ocurrido a Pablo. La propia anciana ensangrentada es su abuela. La misma que le iluminó con algunas de sus más reconocidas recetas familiares. Pablo y la alimentación son un completo, su discurso en torno a la energía universal y cómo ésta conecta al ser humano.

Lo mismo ocurre con la mayoría de su trabajo: Los gritos del Prado muestra un cúmulo de personajes ubicados en la Tabacalera (Madrid, España) donde la representación del cuerpo conector de la energía interna, la adecuación de los modelos como si de una danza se tratase, queda obviada en una composición impolutamente mimada; al igual que la danza cuidó a Pablo en su momento. Sus años de formación en baile le brindaron nuevas vías de conocimiento. Un saber hacia lo invisible, lo espiritual, la conexión de su naturaleza y su pensamiento. La sinergia de un trabajo en equipo individual y abocado al colectivo familiar, social. Su abuela también se encuentra presente en la citada composición. Si inquieres con determinación, Pablo Lecroisey, te contará de soslayo que la dirección artística que llevó a cabo fue inspirada gracias a un paseo a través de los pasillos del Museo Nacional del Prado (Madrid, España). Pinturas como El aquelarre (Goya), Muerte de Séneca (Rubens), Laocoonte (El Greco)…. le sugirieron gritos estáticos mientras las observaba con música en sus cascos portados y su mirada puesta en “la voz que traspasa los límites del lenguaje”: La que habla acerca de lo que el cuerpo hace.

Aquella comisaria, le advirtió a Pablo que si iba a Londres, así, con “ese” discurso, no tendría lugar ni cabida tanto él como su obra.

No me costó encontrar una retrospectiva dedicada a Frida Kahlo (1907 – 1954) en la Tate Gallery de Londres en 2005 (curadora: Ema Dexter) La misma Frida considerada un icono para el feminismo. La misma que aprendió a cocinar ante el deseo de agasajar a su ser amado: Diego Rivera. La misma que se cultivó en el misterio de los fogones y los secretos alimenticios gracias a la hija de Diego, Guadalupe Rivera (artífice del libro La fiesta de Frida y Diego. Recuerdos y recetas, 1994) Y la misma que en consecuencia, comenzó a generar sus célebres pinturas de bodegones frutales y hortalizas ( La novia que se espanta al ver la vida abierta, Frutos de la tierra )Dos días antes de la apertura al público de la muestra, más de quinientos representantes de los medios de comunicación colmaron las salas en la previa inauguración mediática (La Jornada, 2005). Frida, claro, no acudió. Su verdadero reconocimiento le llegó post-mortem.

Entonces, sus gritos fueros escuchados. Y aún así, hoy en día, su personaje abarca casi más que su arte. El Marqués de Sade lo confirmaba en su obra ( Los 120 días de Sodoma y Gomorra) donde estipulaba que “la naturaleza no necesita un motor; ella misma es el motor. El motor lo necesitamos nosotros, la ignorancia y el miedo requiere de apoyarse sobre algo, una excusa”.

Pablo Lecroisey utiliza el soporte fotográfico para expresar su grito de libertad (2014, Descubrimientos PhotoEspaña) No obstante el es más que fotógrafo. Caminante, te contará la historia de los monos chillones que aúllan como leones (en su estancia solitaria en la Selva Verde de Costa Rica) antes que la simbología de su obra Los hijos de Sorolla capturada en el restaurante Lhardy de Madrid. Pienso que no le interesa la devaluación de su arte hacia el postureo vanguardista, el concepto como literatura, el referente como valor al alza previo a la sensibilidad. Su manera de hacer las cosas (La clave del arte es hacer lo que uno no sabe hacer, porque lo que sabe hacer ya está hecho. Y el que hace lo que sabe hacer, está perdiendo el tiempo, Eduardo Chillida) Su pasión reside en el conocimiento, en el exterior del mundo obviamente acontecido (siempre estuve en el exterior, David Lachapelle) en el frenesí por descubrir y conectar, por dialogar con su yo primitivo y su yo social: Con que disfruten contemplando las obras y creando pensamientos en torno a ellas, mi objetivo estará más que satisfecho (2014Descubrimientos PhotoEspaña).

La distancia que lo separa entre, simplemente, concebirse como fotógrafo, dramaturgo, escenógrafo y estilista con respecto al artista; es su manera de hacer las cosas (Pablo Lecroisey. Se abre el telón, Revista Esquire), su forma de plasmar sus vivencias. Su obsesión por la técnica no es más que su determinación en tanto y cuanto al recuerdo vivenciado (Recordar, del latín re-cordis: Volver a pasar por el corazón) Y es aquí donde habitan sus principios propios; su firmeza y contundencia en la obra que libera.

La mayor o menor calidad plástica nunca es más que el reflejo de la mayor o menor obsesión del artista por su tema, la forma está condicionada siempre en la medida de esta obsesión. Pero es el origen del tema y de la obsesión lo que habría que buscar, y este no es forzosamente freudiano. (Escritos – Alberto Giacometti. 2009. Editorial Síntesis. Página 60).

Quizás ese sea El enigma de las cuatro es: La pasión, el conocimiento, la energía conectiva y la naturaleza como la lógica de las sensaciones organizadas (Paul Cézanne, 1839 – 1906): El Arte. La Libertad.

Ninguna época ha sabido tantas y tan diversas cosas como la nuestra. Pero en verdad, nunca se ha sabido menos qué es el hombre.

Martin Heidegger (Alemania, 1889 – 1976)

Noelia Jiménez Portilla
Noumenow

 

Pablo Lecroisey (Madrid, 1979) es un chico lacónico, cordial, de ojos enormes y mirada profunda.

Su alma gemela es Espartaco, un gato con quien está tan conectado que parecen uno solo…

Se comunican telepáticamente. En la terraza, en el último piso del edificio donde habitan, observan la ciudad en silencio. Como personajes de un cómic.

Su juventud parece un capítulo de la novela “The Outsiders” (1) entre aventuras extremas, disparatadas historias y viajes en moto. Cuando se cruzó con la fotografía, hubo amor a primera vista y desde entonces, su cámara es parte de su cuerpo y ha transformando su vida para siempre.

Su obra es impactante. Está plagada de simbología, convirtiéndose casi en “una diversión” el encontrar esas intrincadas conexiones pictóricas en un mar de representaciones, alegorías, metáforas y abstracciones. Tal vez por eso Pablo Lecroisey es el favorito de un selecto grupo de amantes de la pintura, coleccionistas y marchantes de arte, que no dudan en afirmar que es imposible que sus fotos te dejen indiferente. Él lo asume sin emocionarse. No es su finalidad artística. No se reconoce como estrella y algunos seguidores, reconocidos en el mundo artístico, para él son solo amigos.

Sus proyectos logran encontrar un punto de expresión estética sensorial que magnifica las posibilidades de la realidad, llevándola al campo del ensueño, pudiendo jugar con la creatividad desde la fotografía hasta la magia y la fantasía. Para ello hay un diseño de varias piezas que toman elementos mundanos y los transforma para dar una voz a grandes interrogantes e intereses que la humanidad se ha planteado desde siempre como la muerte, la vejez, la enfermedad, la ira, el dolor, la soledad, la catástrofe, el amor, la compasión… Conceptos atemporales y a la vez redefiniéndose hoy más que nunca bajo el lente de Pablo, en una nueva concepción de la materia, el espacio, el tiempo como carente de medidas finitas terrenales hacia su sentido más pluridimensional, universal e infinito.

Pablo es desde luego un personaje extraño. Todos se imaginan al típico artista errático, egoísta, lleno de drogas y fiestas, rodeado de modelos o excesos. Nada más lejano a la realidad. Ese tipo de artista es para él una idea pasada de moda. Dedicado a su empresa de publicidad “Dolche y Lecro”, trabaja todo el día, bajo un estricto horario auto-impuesto. Luego estudia inglés o toma clases de Hip-Hop. Pocos conocen su lado más salvaje e irreverente. No le interesa llamar la atención.

Para ser tan “popular” entre los entendidos del arte, resulta poco convencional, algo ermitaño, serio, formal, nada mediático aunque siempre dulce. Tiene un gran corazón que está siempre dispuesto a ayudar a todos los que lo necesiten. Explora la espiritualidad como reemplazo de las corrientes religiosas tradicionales y dedica mucho tiempo a la meditación. Luego se vuelca por meses en la concepción de una sola fotografía, sin detenerse hasta que la realiza. Pablo es ante todo, un enigma, que seguirá dando mucho de qué hablar con sus increíbles fotografías.

(1) The Outsiders, de S.E. Hinton, adaptación cinematográfica dirigida por Francis Ford Coppola, conocida como “Rebeldes”.

Isanella Contreras Marulanda ©

 

Encajar, encerrar, definir, etiquetar… Intentar encasillar a Pablo Lecroisey  más que inexacto es desacertado. Incluso concebirlo bajo el prisma de “fotógrafo” resulta limitado. Sus amigos le consideran un auténtico refugio. Saben que oculta algo intrínseco que solo puede transmitir con su obra y es inseparable de su ser. Se expresa con su arte y más allá, silencio. Entiende que la fotografía  conforma los primeros pasos de un nuevo lenguaje amplio y evolucionado. Es un artista complejo, una persona fácil de querer y una mezcla de complicada interpretación. Un mar de contradicciones con un hilo conductor cuya mayor fortaleza y coherencia es la fotografía, donde se libera, explora su imaginación y su pasión, ya conocida, por la simbología pictórica. Cuando Pablo enfoca el lente de un retrato su interés no es la foto, es la persona, aunque el resultado sean ambas y él mismo.

Avenue Illustrated nº33 Septiembre – Octubre 2012

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Se abre el telón

El joven artista Pablo Lecroisey (Madrid, 1979) se define como fotógrafo. Y no hay duda de que lo es. Pero al observar su trabajo, pronto uno se da cuenta de que también tiene mucho de dramaturgo. Y es que sus imágenes atrapan un solo instante que, sin embargo, acontece dentro de una puesta en escena completa, que se desarrolla antes y después de que se apriete el gatillo de la cámara. Sus fotografías cuentan una historia en la que se combinan simbologías y metáforas con una exuberante estética, donde cada uno de los personajes ocupan un lugar preciso dentro de una coreografía planeada al milímetro.

“Considero que mis imágenes son mi grito de libertad, cada una de ellas es independiente y pertenece a momentos, vivencias y sensaciones, con personas diferentes en sitios diferentes, el único nexo de unión soy yo y mi forma de hacer las cosas”, explica el artista. Y las cosas las hace basándose en un juego de contrastes entre su estilo indudablemente contemporáneo –palpable en los protagonistas y el uso del color– y la influencia de los grandes clásicos pictóricos en la composición.

Esquire, texto de Pablo Ortega

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Como si de una obra de teatro se tratase, las creaciones del madrileño de 34 años muestran todo un conjunto de historias, vidas y experiencias que, inevitablemente, se exponen a la mirada de un público ansioso de comprender el significado de la fotografía final. Muchos dicen que la juventud de Pablo Lecroisey parece haber salido de un capítulo de la novela The Outsiders entre aventuras extremas y disparatadas historias. Y aunque a simple vista sea tan solo una metáfora, sus fotografías cargadas de personajes embutidos en vestidos de la bailaora Sara Baras, nos hacen ver que muchas veces, las casualidades no existen.

Neo2

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#El mundo según Pablo Lecroisey

Lodo y piruletas es una exposición del fotógrafo Pablo Lecroisey (Madrid, 1979) que derrocha teatralidad por los cuatro costados. Cada fotografía es una puesta en escena, una historia en sí misma. En este juego teatral fotografiado se involucran actrices, Aida Folch, pintores, Ignacio Burgos  o la presentadora de televisión Celia Montalván que se mueven en espacios tan diferentes como La Tabacalera de Madrid o el museo Thyssen-Bornemisza. Los títulos de sus fotografías podrían explicar el estilo fotográfico de Lecroisey, barroco-moderno, teatral…Antes muerta que sencilla, Enigma o El día de mañana.

¿Qué pueden tener en común el Museo Thyssen de Madrid, la actriz Aída Folch y un grupo de bailarines de breakdance? A esa pregunta contesta Pablo con su fotografía El día de mañana, en la que muestra un mundo como un lugar en el que la gente podrá bailar en los museos. Donde personas que antes no veían más allá de la rectitud y la monotonía se darán cuenta de que es en las curvas y en el aire donde está la verdadera esencia de la vida. Esa visión del futuro es lo que motivó a Pablo a ponerse en medio de influencias extremadamente diversas para unirlas durante un instante y acercarnos a una visión cuya armonía reside en la discordancia.

Para construir otra de sus obras, El enigma de las 4 ES, el fotógrafo se desplazó a un edificio típico madrileño de principios del siglo XX (Malcampo, 9) donde realizó una reinterpretación de la Fábula de Aracne de Velázquez. El tema de la obra describe el momento en que Palas Atenea, patrona de todas las Artes, se ofendió cuando la doncella Aracne haciendo gala de ser la mejor tejedora de tapices, se atrevió a representar a Zeus como un toro blanco raptando a Europa. En Las Hilanderas Velázquez establece tres planos. En el primero destacan dos figuras femeninas, en el segundo plano, Atenea se revela con todos sus atributos de diosa guerrera y en el tercer plano, se distingue el tapiz de Aracne basado en el cuadro de Tiziano El rapto de Europa. En la interpretación simbólica de Pablo Lecroisey, el título invita al juego de descifrar El enigma de las cuatro es. Esfera Espada, Escalera y Espiral. La esfera está junto a Atenea, como alegoría del mundo. La espada es la doble simbología de la justicia y de la venganza. La escalera simboliza la relación entre los mundos terrestre y superior. La espiral, que está marcada por la toma de la caja de la escalera es otro atributo de Atenea, que hace referencia a la creación, es la espiral creadora. En la interpretación el fotógrafo ha girado e invertido los tres planos de la imagen y alterado la caja espacial renacentista pero la escalera sigue siendo el vínculo común de todos los planos del relato, la comunicación entre el mundo material y el inmaterial.

EL ASOMBRARIO & Co.